Siempre fue mucho más poético escribir sobre otra persona,
contar que son sus miedos
los que te hacen perder el equilibrio,
que son sus dudas
las que aplastan todas tus certezas
y que es su boca el epicentro
del terremoto que hay en tu pecho.
Ya fueron demasiados los poemas escritos a su forma de cerrar los ojos
cuando el mundo le pedía calma
y lo cierto es que
hoy necesito hablar de mí.
Quiero contarte
que pocas veces pronuncio la palabra ''adiós''
porque me aterra la idea de despedirme,
que cuando estoy triste,
mi guitarra suena mucho mejor.
Supongo que será
la rabia la que improvisa los blues
y la melancolía la que arpegia
''Falling Slowly'', no sé.
Nunca vi Titanic
aunque más de una vez me hundí
y la orquesta siguió sonando.
La cobardía me ha ganado el pulso,
pero también, en ocasiones,
he sido capaz de mirar al destino de frente
y de decirle que lo que él no hiciera por mí,
ya lo haría yo.
Y es que, hay que tener el valor de
dejar tirada a la rutina,
romper los relojes
y olvidarse de ese maldito calendario
que no hace otra cosa que ralentizar los latidos
e impedirnos vivir.
He malgastado mi tiempo,
he invertido muy bien algunas horas
en las que mis pies bailaban
impulsados por ráfagas de ilusión,
por abrazos que sumaban.
He querido volver a días
que nunca van a volver
y entonces,
entonces ha sido cuando me he dado cuenta de que
el pasado es mejor encerrarlo en una habitación sin ventanas.
Y entonces,
entonces me he dado cuenta de que el futuro
aunque rime con oscuro
y con muro,
y con bromuro,
en realidad,
es esperaza,
esperanza de poner en marcha
un corazón arrugado,
de acabar con los latidos ralentizados,
de darle sobresaltos a un sentimiento cuadriculado
y sobre todo,
esperanza de olvidar
cada una de las líneas de su mano.